Los relámpagos siempre han sido dignos de admiración y temor, no existiendo una única forma de interpretar su naturaleza y formación. En principio existen dos teorías para explicar su origen.


La primera, denominada teoría de la precipitación, nos dice que las partículas pesadas de agua y hielo caen de la nube en la que se origina el relámpago, mientras que las más ligeras permanecen en suspensión. Las primeras adquieren carga positiva y, las otras, carga negativa. Así, al colisionar, se transfiere carga eléctrica y eso genera el relámpago.


La otra teoría, llamada teoría de convección, asegura que las partículas ligeras, cargadas positivamente, son elevadas por las corrientes de convección. A su vez, las corrientes descendentes arrastran hacia el fondo a las partículas más pesadas y negativas. La nube hace de conductor entre ambos grupos, ionizando el aire de sus inmediaciones y abriendo conductos hacia el suelo por donde se acumula la carga transferida hasta que se forma el relámpago.


Cualquiera que sea la teoría que aceptemos, parece evidente que en la atmósfera el desplazamiento de cargas no es homogéneo, es decir, no es el mismo en todas las direcciones por cuanto la forma del relámpago nos indica que existen caminos privilegiados. Por eso el relámpago no se ve en línea recta.